Muchos de nosotros hemos venido de familias en donde hemos tenido experiencias con la iglesia y con la doctrina cristiana. Aún así, algunos de nosotros hemos decidido en nuestro libre albedrío mantenernos alejados de la Gracia de Dios con nuestras acciones en nuestra vida. Aquellos que hemos tenido la oportunidad de tener la experiencia de redescubrir a Jesús a través de un Retiro de Emaús; hemos experimentado una epifanía única al tener un encuentro sumamente significativo con Jesucristo vivo. Hemos sentido su llamado a su presencia, hemos sentido y redescubierto su amor a todos nosotros. Hemos vivido su amor y hemos descubierto, que no importa cuan pecadores seamos, cuanto mal hayamos hecho, Jesús nos recibe con amor, pues Jesús no vino a ser el Cristo de los santos, sino de aquellos que somos pecadores. Aquellos que no nos sentimos merecedores de su amor, fue por nosotros que el se entregó para morir crucificado, resucitado y es por todos nosotros que el nos abre las puertas del cielo, con la única condición de que abandonemos nuestra forma de vivir pecaminosamente, y lo sigamos, que nos volvamos pescadores de hombres y servidores de otros. Porque el vino a servir, no a ser servido.
En este sentido, todos aquellos que hemos experimentado los retiros de Emaús, nos integramos a una hermandad; la Hermandad de Servidores de Emaús. Somos todos aquellos que recibimos el llamado de Jesús y que recibimos su amor y el mismo Jesús, nos ha llamado a servir a otros, a atraer a otras almas perdidas al Camino de Emaús y que estas tengan ese encuentro necesario con un Cristo Resucitado. Hemos sido llamados a reunirnos como hermandad, a amarnos los unos a los otros, a ayudarnos en tiempos de necesidad, de apoyarnos en nuestros momentos de necesidad, y de mantenernos leales los unos con los otros, en el amor que recibimos un día de Jesús en el Camino de Emaús, cuando acompañamos a Jesús como caminantes y ahora nos hemos vuelto servidores de Cristo. Eso es vivir en hermandad, en la Hermandad de Emaús.
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